viernes, 9 de febrero de 2018

En un campo de desconcentración

Hace un tiempo leí "El hombre en busca de sentido, un psicólogo en un campo de concentraciòn", de Viktor Frankl, un golpe bajo hermosamente escrito.
Es una de esas lecturas que te sugieren en círculos de autoayuda y demás espacios terapéuticos.
Yo nací en 1992, la mayor parte de mi generación creció escuchando historias de abuelos inmigrantes cruzando el atlántico en barco, escapando de la guerra. Cuentos épicos. Familias que crecían de un lado y del otro, reclamándose en los distintos continentes. Trabajo y sacrificio, eso era todo.
Después vinieron nuestros padres, ya no estaban esos famosos barcos y la familia no se fragmentaba. A diferencia de nuestros abuelos, que trabajaron desde muy muy chicos y no terminaban ni siquiera la escuela primaria, la mayoría terminaba la escuela secundaria. De todas maneras, los hombres sobre todo, trabajaban desde adolescentes. Entonces vino el golpe del '76, una trágica parte de la historia de nuestro país.
Y otra vez quedamos nosotros, parados frente a dos generaciones hechas desde el padecimientos, queriendo quejarnos por las actualizaciones poco convenientes del último iOS.
¿Cómo podría uno rechazar el privilegio de estudiar en la Universidad? No tengo que escapar de ninguna guerra, no tuve que trabajar desde los 13 años, no corro riesgo de ser secuestrada y desaparecida ni aunque estudie sociología en la UBA. ¿CÓMO? Es un insulto.
Nos dicen que tener el infinito abanico de posibilidades que tenemos, es una bendición, que ellos hubieran querido tener lo mismo. Que tenemos la enorme responsabilidad de hacerlo valer, por lo que ellos no pudieron.